GALLO, JOSÉ, BELMONTE

Y MIURAS (III)

(Conferencia impartida el 1 de febrero en la Peña Taurina Los Areneros)

 

Por: José María Sotomayor

 

Rafael el Gallo

Fue un torero dentro y fuera de la plaza. Miedos, <<espantás>> y supersticiones lo definen para quienes no se preocuparon de conocer su historia.
Rafael Gomez

Empezó siendo Gallito, el hijo de Fernando el Gallo y terminó, cuando irrumpió con toda su fuerza el hermano menor, siendo tan Gallo como su padre. Rafael Gómez Ortega fue un torero de una generación próxima a la de Bombita y Machaquito pero, en su relación con Miura, hay que encajarlo dentro de otra época. Ya veremos la razón.
Nacido en Madrid – probablemente en Pozuelo de Alarcón aunque él lo negara – pero sevillano hasta la cepa, este buen andaluz, hijo de la bailadora Gabriela Ortega Ruiz, llevaba el arte por sus venas. Le atribuyen infinidad de frases y teorías ingeniosas, unas que realmente fueron suyas, y otras, probablemente muchas más, que encajaban en su personalidad, pero que jamás pronunció. Ésta es solo una muestra.

En cierta ocasión le preguntaron ¿Qué es el público, Rafael?
- Una cosa muy difícil de entender, respondió. Una cosa muy compleja el público... Y después expuso toda una teoría, muy suya, eso sí, del espectador taurino y que él resumía así:

- Algo muy variable, como esos barómetros en los que hay un fraile que indica seco, y a lo mejor está lloviendo a mares. Pues igual. Los que un día te aplauden al otro silban.

Él, que conseguía salir en hombros de aquellos que un momento antes le habían abroncado, sentenciaba:
Es que yo los ponía de pie.
Las pitas, las broncas a Rafael, han pasado, probablemente con las de Cagancho y Lorenzo Garza, a formar parte de la historia de la fiesta.
Pero de ellas decía: Las pitas se las lleva el viento y las cornadas se las lleva uno. No le faltaba razón. Genio y figura de un torero irrepetible. Miedos, cornadas, tragedias, supersticiones, <<espantás>>... Todo parece querer entremezclarse si ponemos en el mismo firmamento a Rafael y los otros gitanos. LLevan sin embargo cada uno órbitas muy diferentes.
Decía Rafael:
- Lo de la superstición mía es leyenda que, como yo no me he molestado en desmentir, ha ido creciendo. 
- ¿Qué es lo que más temen los supersticiosos?, continuaba. La bicha, se contestaba a si mismo.
Pues en Granada, una tarde que estaba yo quedando superior, un espectador me tiró una desde el tendido.
Paré la faena, cogí la bicha, me la enrrollé a la cintura y seguí toreando. Acabé con el toro, me dieron la oreja, di la vuelta al ruedo y, cuando pasé ante el tendido donde estaba el espectador del regalillo, se la arrojé. ¿Supersticioso, yo?
Algo parecido, de idéntico mal gusto, ocurrió  en Madrid hace unos años. En el momento en que Curro Romero hacía su aparición en la puerta de cuadrillas en un paseíllo de la feria de San Isidro, un innominado le arrojó un lagarto de plástico, de un chillón color verde, que cayó delante y a la derecha de sus zapatillas. Curro lo vió. Con gesto indiferente lo apartó para no tropezar. Deseó suerte a sus compañeros y partió, quizás más solemne todavía, hacia la presidencia.

Recogió el <<regalito>> el pintor César Palacios, en aquella época arenero en activo – hoy lo es de corazón -  y lo guardó. El <<gracioso>> que lo había tirado se lo reclamó, seguramente para seguir divirtiéndose. La  mirada de César contestando a su petición fué más expresiva, si cabe, que sus pinceles y... desde luego no se lo entregó.
Volvamos al torero. Entonces Rafael, si no eres supersticioso, ¿lo de las <<espantás>>, qué era? ¿Qué es la espantá?
- La espantá es eso: la espantá.
Pero...
- Las banderillas son las banderillas; el pase natural, el pase natural; el volapié, el      volapié, y la espantá, la espantá.
-Según eso, la espantá ¿es una suerte del toreo?
-¡Ahí le ha dado!
-Y que ha practicado usted de un modo casi exclusivo, a pesar de los imitadores.

- Es que yo la espantá la he dado, como todo lo que hecho en el toreo, porque me ha salido del corazón y... por falta de piernas.
- Bueno, bueno...Cuando se dice falta de piernas, se entiende flojas condiciones físicas en el torero. Yo no he sido nunca un atleta. Por eso, cuando veía que no podía dominar al toro, daba la <<espantá>>. Yo he sido siempre un hombre lógico.
-¡Rafael!
- De lo más lógico. Vea usted: estaba delante del toro y veía que me iba a coger, porque usted ya sabe que cuando los toros van a coger, avisan.
-¡No! No lo sabía.
- Sí. Avisan. Pregunte usted a otros toreros y verá como le dicen lo mismo. Hay un presentimiento, una sensación, lo que le he dicho: un aviso. Y ahora, dígame usted, si sabe que el toro le va a coger, ¿se va a quedar delante de él?
-¡De ninguna manera!
- Por supuesto que no. Sería del género idiota. Y ahí tiene usted explicado el porqué de la <<espantá>>.

-A medias. ¿En qué notaba usted que lo iba a enganchar?

- Eso lo ve sólo el que está con el toro. La gente de los tendidos no se lo explica, pero sus motivos hay. Desde arriba parece que el toro se está quieto; pero a medio metro de él, o a dos metros, según los casos, se oye su respiración, se observa su mirada, se ven sus gestos, y por todo esto y otros muchos detalles, se deducen sus intenciones.

- Resumiendo... Cuando no se puede con el toro, hay que dar la <<espantá>>. Y eso es lo que hacía yo. En cuanto notaba que el toro me iba a dominar, salía por pies. Los toros, no lo dude el amigo, hacen cosas extrañas que el público no puede ver. La espantá no es miedo. Es defenderse del toro. El que tiene miedo lo tiene en todos los toros, y cuando sale de casa ya va a la plaza asustado, y cuando sale a los medios ya ni ve.
-Sin embargo, si el torero se queda quieto, es posible...

- Posible, no. Seguro. Le coge. Y, sabiendo esto, no se va a quedar uno a merced de la fiera. No es miedo, no. Si el toro era bueno y entraba, yo no tenía que dar la <<espantá>>. Es algo... psicológico. La prueba de que no es miedo es que con toros de esos, como los de Miura, después de haber dado la <<espantá>>, he vuelto a ellos y he estado superior. Y cerca. Porque yo he sido de los que se han puesto más cerca de los pitones, y por ahí hay miles de aficionados que no me dejarían mentir. Dejémoslo así.

Pues bien, este Rafael, matador de alternativa desde que en Sevilla se la diera, el 28 de septiembre de 1902, Emilio Torres Bombita, pasados los años había de matar alguna temporada hasta diez corridas del hierro miureño. Hay quien le situa en el origen de los Cagancho, Gitanillo de Triana, Curro Romero o Rafael de Paula para el arte y las <<espantás>>, pero entre 1910 y 1916, catorce años después de su doctorado, cuando ya comienza su decadencia, ha estoqueado, como ha podido, la cifra muy respetable de 39 corridas de Miura. Y todavía hay más.

Capote
No queremos entrar en el torbellino de las cifras y de los records pero muy pocos han alcanzado en una temporada, como él lo hizo en 1911, el montante de 10 paseillos para enfrentarse a los terroríficos miuras. Y de las diez, tres en Sevilla y una en Madrid, las primeras plazas en exigencia y entendimiento.Y con las figuras de la época. ¡Casi nada! Quiero acotar que el escritor Enrique Vila, en una obra titulada Rafael el Gallo, le atribuye once corridas. La de Palencia del 2 de septiembre, al parecer no fué con ganado de Miura sino de Muriel. Quizás la semejanza fonética pudo confundir al autor.

Así figura en Toros y Toreros de 1911 y por otra parte en el repaso general que hice en Sol y Sombra para buscar datos de Miura, no reseñé entre mis fichas este festejo.

  ¿Miedo el Gallo? ¿Superstición? No. Pura lógica. Pero <<miuras>> los que quisieran echarle. Los pedía a pesar de los  mayúsculos escándalos que también con ellos dió. Y estas son las pruebas:
En una biografía de Rafael Martínez Gandía se reproduce una meditación <<lógica>>, con la naturalidad de su tocayo el Gallo. Han pasado muchos años y su razonamiento sigue de actualidad, viniendo a demostrar una tesis que, desde que empecé a documentarme para escribir el libro de Miura, fué tomando cuerpo. Prevaleció, por intereses desconocidos, de uno o de varios, que incluso pudieron ser legítimos, la leyenda de la tragedia de los miuras sobre aquella otra que demostraba la aptitud del miura para alcanzar las más altas cimas en la profesión. Algunos lo entendieron, pocos se atrevieron y aún menos lo consiguieron. Pero, por no citar nada más que algunos recientes, Diego Puerta, Fermín Murillo, Limeño, Ruiz Miguel...¿No deben parte de su bien ganada gloria al encuentro, quizás casual, con un <<tío>> de Miura? Pero volvamos a la meditación lógica del Divino Calvo.
-¿Y los miuras Rafael?
-¿Qué?
-Eso, los miuras, su leyenda negra, su tragedia...
-Eso son toros de los que necesita un torero para acreditarse. Haga usted una faena con un miura y la cuesta arriba le parecerá cuesta abajo.
-No me diga.
-¿Pero qué más quiere un torero que consagrarse con un miura? Yo no se a que viene el recelo con estos bichos. De mi puedo decirle que no les he hecho ascos nunca.
El número de corridas toreadas avala su afirmación. Cuentan que cuando don Eduardo Pagés lo trajo a España desde América, largo sería explicar el cómo y el por qué, él lo cuenta en una deliciosa entrevista que le hiciera Marino Gómez Santos, tuvo que ir, ya cincuentón, a torear a Valladolid. Aunque el empresario quiso evitarle el atragantón de los <<miuras>>, por más combinaciones que hizo no lo logró. Debido a la fama, fundada o no como estamos viendo, se temía el empresario la pregunta del torero en relación con los toros que habría de matar. Rafael había toreado el día anterior en Bilbao y llegó muy tarde, de madrugada y muy cansado, a la capital castellana.

Antes de retirarse a descansar soltó lo que se temía el empresario:
-Oye, Eduardo, ¿de quien son los toros?
Aparentando una naturalidad imposible, le dió la ingrata noticia. ¿Surgiría el Gallo, supersticioso de las crónicas y las habladurías? No. Surgió el torero.
-Está bueno. Ya hacía tiempo que no me soltaban esos pajaritos. Tenía ganas yo de matar una de Miura. ¡Que me alegro, hombre! ¡ Que se agradece la atención!

Toro-Antes, continuó Rafael, cuando la gente se fijaba no sólo en el nombre de los toreros, sino en el del ganadero, no se podía dar una feria sin incluir en ella los toros de Miura. Así que en mis años buenos, los ha habido que me he echado fuera treinta y treinta y cinco corridas de los niños.
Hay que puntualizar que en sus años mozos no era de los niños la ganadería. Además, nunca toreó 35 corridas de Miura en una temporada. Al menos en todas las que yo he repasado.
- Decía el torero: ¿Y a mí que más me daba <<miuras>> o de otra marca? Todos son toros, continuaba Rafael.
-¿Así que usted no cree en la leyenda?, le preguntó Don Eduardo Pagés.
-¡Párese sin más tardanza!, como dicen al otro lado del charco. El miura existe, con todos su pelos y señales. Es como el gordo de la Lotería. Que sale uno de uvas a peras. Y cuando sale...¡la fin del mundo!
¿ Y cuántos le han salido a usted en sus cuarenta y cinco años de vida torera?
-Ninguno, y en buena hora lo diga. ¿No le he dicho que es como el gordo? Al que le toca, le toca. Yo, en toda mi vida por las plazas, no he visto más que dos miuras <<miuras>>. Con la marca de la casa. ¡Qué dos! El uno le tocó a Paco Madrid, y cuando el hombre cogió la muleta, ya había mandado la fiera cuatro a la enfermería.       Como sería el maldito, que la gente volvía la espalda y pedían que no lo matara. El otro le tocó a Vicente Segura. Yo estaba en el tendido y me salí para no verlo. Le cogió al entrar a matar. Eran toros que parecía que llevaban una persona dentro, de lo bien que discurrían. Una persona con muy malas intenciones.
-¡Si le llegan a tocar a usted!
-No hubiera pasado nada.
¿No?
-No. Me hubiera ido a casa. Se puede luchar con animales, con más o menos instinto, pero cuando el animal tiene cerebro y piensa, igual o mejor que usted y que yo, no hay nada que hacer.

Todos los miuras que yo he visto han salido buenos, menos esos dos. ¿Por qué iba a tenerles prevención? ¡Si con muchos de ellos he hecho las mejores faenas de mi vida! Con los miuras, lo que hace falta es que no tenga uno la mala pata de que le toque el especial, el que justifica la leyenda negra. Y eso, como ha visto usted, es muy difícil. Hasta aquí las reflexiones, muy lógicas eso sí, de Rafael el Gallo.
Hubo jornadas célebres de Joselito con los miuras, también de Rafael y de Juan Belmonte. He escogido, a mi parecer, las más significativas, pero lo más importante es que siendo figuras, su mejor gloria, respecto a tiempos muy próximos, fue no poner vetos a unos toros que, en contrapartida, les proporcionaron éxitos apoteósicos.
Rafael, José y Juan con don Eduardo al fondo lo han atestiguado.

 

 

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